
Cada vez que una banda me dice que hace “rock pop con toques de hard rock” me preparo para lo de siempre: un puñado de canciones que suenan igual durante cuarenta minutos. Por eso, cuando me topé con CorviX, esos cuatro músicos de Hermosillo que llevan casi una década dando tumbos entre pausas, cambios de alineación y regresos, pensé que estaba frente a otro caso de perseverancia sin rumbo. Me equivoqué.
CorviX no es una banda que haya encontrado su sonido. Es una banda que decidió que no necesitaba encontrar uno.
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Su historia es la de muchos proyectos de provincia: fundada en 2015 por Esteban Zupo Lugo y Weso Osbone, atravesó el clásico desfile de integrantes, se tomó tres años de silencio a partir de 2016 y renació a finales de 2019 con Pavel García en la batería y Jesús Gutiérrez en la segunda guitarra. De ahí salieron dos discos: “CorviX” (2020) y “Memorable” (2021), mismos que sirvieron como carta de presentación y, sobre todo, como ensayo. En 2023, con la llegada de José Carlos Mendoza, “El Sele”, a la guitarra acústica, la alineación quedó completa. Y con ella, llegó la ambición.
“R.I.P.” (2024) es la prueba. Trece canciones que se pasean por el ska de “Skatimando”, el hard rock de “Ciclo Residual” y el rock pop de “Home Run” sin pedir disculpas. ¿Es un disco coherente? Depende de qué entendamos por coherencia. Si coherencia significa repetir una fórmula hasta el cansancio, entonces no. Si coherencia significa que una banda sea fiel a su curiosidad, entonces “R.I.P.” es uno de los discos más honestos que ha parido la escena sonorense en los últimos años.
Y es que ahí está el punto. En un ecosistema musical donde el algoritmo premia la repetición y donde las bandas emergentes sienten la presión de definir su “marca sonora” antes de cumplir los treinta, CorviX hace lo contrario: se permite dudar, experimentar, equivocarse. El ska no les queda mal. El hard rock les sienta bien. El rock pop les sale natural. ¿Por qué elegir?
No todo es virtuosismo, claro. La producción de “R.I.P.” tiene momentos donde la variedad juega en contra: saltar de un género a otro sin transición puede marear al oyente desprevenido, y algunas canciones se sostienen más por la idea que por la ejecución. Pero esos son los riesgos de quien intenta algo distinto. Y en una escena tan acostumbrada a lo seguro, intentar algo distinto ya es un mérito.
Sus presentaciones en las Fiestas del Pitic (2022) y en el Festival Alfonso Ortiz Tirado (2024) confirman que en vivo la propuesta funciona: la energía del ska, el peso del hard rock y la melancolía del rock pop conviven sin fricciones cuando hay un público dispuesto a seguir el viaje.
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CorviX no es la banda más pulida de Sonora. Tampoco la más famosa. Pero es, quizás, una de las pocas que se atreve a recordarnos algo que el mercado suele olvidar: que una banda puede ser muchas cosas a la vez, y que la evolución no siempre es una línea recta. A veces es un zigzag. Y a veces, el zigzag es el camino.
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